La medida de las cosas
Relato mis experiencias subjetivas de una semana en la que deben mezclarse las impresiones de lo visto sobre los escenarios, el exuberante ambiente de un evento que crece cruzado con las circunstancias personales relacionadas con la salud. Por lo tanto, entiendan que mis apreciaciones vienen cargadas de trazas de sedaciones, malestares, emociones por el reencuentro con antiguos amigos y viajes en tren en modo tragicómico. Desde ahí miro lo que viví en Donostia en su dFERIA.
Lo mismo que miraba la Concha donostiarra, al igual que veía a directores de festivales internacionales en una cantidad que sorprendía a propios y extraños, creadores europeos, americanos, españoles y vascos, programadores, distribuidoras, encargado de instituciones públicas creándose una sensación de elegante y contagiosa euforia. Y es cierto, se han batido todos los récords respecto a la asistencia, cercana a los setecientos invitados, cifra que hay que ponderar, ver su peso específico y sacar conclusiones que estén fuera de triunfalismo o reproches, porque no es difícil entender que casi todos los eventos tienen unas medidas que son óptimos y que, en ocasiones, un crecimiento demasiado expansivo puede hacer peligrar su propia entidad.
De esta Feria me quedo, de una manera decidida por alguno de los espectáculos vistos en sus escenarios. Es un gran acierto abrir su programación a espectáculos de centro Europa ya que se puede comprobar la existencia de dramaturgias y estéticas bastante avanzadas, con propuestas sublimes como “Mellowing” de los alemanes de Dance On, con una excelsa coreografía del griego Christos Papadopoulos, por señalar uno de los hitos de esta entrega. Por lo antes relatado no pude asistir al total de la programación, pero por lo visto la selección estaba bastante afinada, entendiendo, además, que hay que cumplir con la lógica de los objetivos de esta feria como es servir de plataforma para la danza y el teatro vasco, con una parte de programación estatal de formatos medios, que suelen ser los que circulan por los teatros de poblaciones de menos densidad demográfica. En su conjunto, la parte artística se debe calificar con un notable, aunque como siempre debe suceder, algún espectáculo fuera un petardazo incomprensible. Y no digo más.
Por esta parte de dFERIA insisto en una idea que hace años ya me asiste de manera recurrente, la propuesta de obras, en los horarios donde el público general puede acudir, tienen aire de asemejarse más a un Festival. Es más, se podría considerar que se trata de una concentración en cinco días de una calidad internacional que supera a muchos festivales de todo el Estado español. Y esto hay que sopesarlo, modularlo, centrarse en sus repercusiones y ponderarlo.
Pero el crecimiento de este encuentro se puede también medir por la parte formativa, que este año ha tenido puntos neurálgicos de suma importancia, al igual que todo lo que fueron reuniones cerradas de gremios, presentaciones de proyectos y un sinfín de actividades que festonean lo que se hace cara al público, pero que tienen una repercusión ponderable incluyendo las sesiones de mercado directo en el Foro de Negocios que es esa sección donde se generan muchas expectativas y que forma parte del actual sistema de producción y distribución que si se mantiene debe ser porque se entiende que es útil para vendedores y compradores. Llevo años desconfiando de su funcionalidad, pero la realidad y la estadística desmienten mis prejuicios.
Por lo tanto, y ante todas estas disquisiciones muestro mi más sincera felicitación a todo el equipo de dFERIA, les ruego que mantengan el espíritu de investigar en otras dramaturgias europeas, sigan con su estrecha relación con Iberoamérica, traten con la delicadeza y el cariño que ya dispensan a las compañías locales y estatales y recuerden que la medida sí importa, que el crecimiento no puede ser indefinido. Y no hablo de cuestiones presupuestarias, sino de equilibrio entre cantidad y calidad. Por muchos años.