Y no es coña

Teología teatral

Sin apenas respiro, la obsesión se convierte en motivación. ¿Desde dónde se debe mirar y/o opinar sobre una obra teatral? La acumulación de experiencias, es decir de muchos años de ver cientos de obras de todo formato, presupuesto y calidad ¿es algo positivo o empieza a ser una carga? Tanto para el que firma una crítica como para quién la lee, le afecta o le encanta de manera relativa, las consecuencias son importantes porque es cierto que el mundo está cambiando, o ha cambiado ya, pero los valores primigenios del hecho teatral, ¿se deben mantener como algo fundamental o todo es relativo? Es más, ¿qué se entiende como valores primigenios?

Comentaba con unas inteligentes compañeras dedicadas a ver, analizar y escribir sobre lo que hemos visto que, debido a mi situación clínica, mi mirada cambiaba. La incertidumbre sobre la salud interviene sin querer en la apreciación de lo propuesto en los escenarios. La edad también funciona como filtro ya que, en términos de memoria aplicada, lo que se presenta como novedad, en demasiadas ocasiones, no es más que un retorno a experiencias de los años setenta, como si no existiera posibilidad alguna de introducir variantes narrativas, estéticas o simplemente introducir los avances tecnológicos como elementos funcionales para establecer conexiones con los públicos actuales.

Cada vez me convenzo de manera más radical que algunos nos hemos quedado anclados en una teología teatral superada o desbordada por la llegada de Internet. En nuestra generación alimentamos la visión del Teatro universal a base de testimonios escritos, de crónicas, con mucha suerte con la visión en vivo de algunos espectáculos maravillosos de algunas compañías excepcionales en festivales internacionales. Desde hace décadas existen vídeos al alcance de cualquier interesado para ver esos mismos espectáculos u otros y reproducirlos a cámara lenta, parando y reiniciando la grabación. Se crea una experiencia mediatizada que es la imperante en estos momentos. Describo, no valoro.

Por lo tanto, agarrarse a la experiencia como valor calificador se convierte en una rémora. Hoy no mira a ayer ni a mañana. Se consume en sí mismo. Es una suerte de teatro nihilista inconsciente. En ocasiones brillante, líquido, asequible por los sentidos, pero no acaba de sedimentar una idea del mundo, ni deja huellas de continuidad. Sucedió y punto final. Asunto que probablemente contenga una instancia de ruptura absoluta, y hasta se podría entender aplicando una generosidad teórica inapelable como una actitud contra el estatus quo imperante.

Lo que está más que claro es que la desigualdad parece ser el estigma más evidente de la actual situación general en las producciones de las artes escénicas. ¿Se deben aplicar las mismas herramientas, las mismas fórmulas de análisis a todos los espectáculos que se visionan? ¿Es lo mismo presentarse ante el público arropado por una institución con presupuestos amplios, lugares de ensayo adecuados, difusión suficiente y estreno en teatro oficial que hacerlo desde la independencia y la precariedad absoluta, sin dinero suficiente y estreno en sala alternativa donde prima más la vocación o necesidad de expresarse que el compendio socioeconómico al uso?

Hay una parte que sí se debe (o puede) analizar igual, la idea previa, el desarrollo dramatúrgico, las interpretaciones, la coherencia de la puesta en escena, pero a partir de ahí empiezan las desigualdades manifiestas y, al menos a un servidor, le entran los apuros, las contradicciones, las exigencias y hasta el buenismo, si se pueda llamar así a la condescendencia y la relatividad discriminatoria positiva a favor del más débil.

Insisto en proclamar que la labor crítica es un acto forense. La obra vista es el sujeto, el cadáver, y entonces debemos hacer la disección de todos los puntos vitales para ver qué ha pasado, si las vísceras nos describen algo concreto. Y para eso hay que saber mucho de anatomía de una obra, de un espectáculo, y saber que cada vez son más complejos estos cuerpos que nos llegan tan contaminados por elementos extraños adheridos en todas sus venas y pieles. Hay excesos o faltas de vitaminas, de aminoácidos que traducidos al lenguaje teatral se llaman dramaturgia, dirección, estructura, etcétera, etcétera, etcétera.

Así que la duda sobre el punto de vista es si debe ser científico o teológico. Una mezcla de ambos funciona en muchas ocasiones.


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